La pintura obstinada de Carlos Quintana

 

 

Vi cuando el cordero abrió uno de los sellos,

y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira.

Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco;

y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer.

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que decía: Ven y mira.

 

El Apocalipsis o Revelación de San Juan 6: 1-3.

 

La sucesión desde la segunda mitad del siglo XX de movimientos artísticos como el conceptualismo, el minimalismo, el postminimalismo… dominados por la primacía de la idea, la desmaterialización del objeto de arte o su conversión en enunciado, ha podido hacer creer en la desaparición de la pintura en beneficio de la radicalización del acto artístico a fin de debilitar la función fetichista del arte, su innecesaria estetización, y sustraerse al gobierno de la reserva simbólico-material de los objetos a cambio de afirmar la subjetividad del artista. Pero a partir de los años 1980, con la aparición en la escena internacional de diferentes corrientes pictóricas posmodernas como la Transvanguardia italiana, el neoexpresionismo alemán, el neo-pop norteamericano o la Figuración libre francesa, asistimos al resurgimiento y a la renovación de una figuración que supo tomar en cuenta el conjunto de los cuestionamientos sobre el arte. Carlos Quintana forma parte de esta nueva generación de artistas que atestigua la vitalidad de la pintura pero no desacralizándola o vaciándola de cualquier trascendencia o ideología como el irónico Sigmar Polke o rebajándola al rango de técnica para liberarla de una misión superior y abrirla a otras posibilidades ajenas a lo irracional como el analista Gerhard Richter, sino reivindicando su capacidad expresiva, su vigor y su resonancia.

Quintana extrae sus referencias de la historia de la pintura que le sirve de trasfondo, de préstamo explícito o implícito y la recapitula, retoma su curso, prosigue su legado, colocándose en su continuidad. Sabe que la flor del arte sólo puede brotar donde el humus es espeso, que hace falta mucha historia para producir un poco de pintura… Su obra garantiza no sólo la capacidad de invento, de singularidad y de independencia de la pintura a la cual está apegado por encima de todo, sino que le proporciona también la fuerza de resistencia ante una modernidad que perpetúa, ante un pasado recobrado. Este recurso no implica una vuelta al pasado sino el alcance de una posibilidad que la pintura contiene. En este sentido, Quintana no actúa de manera diferente a los pintores del Renacimiento cuando absorbían de la Antigüedad, como en una amplia reserva de formas, figuras cuyo sentido original desviaban reempleándolas (así, las ménades antiguas acabaron en santas católicas). Carlos Quintana, mirando desde el arte prehistórico hasta Baselitz, pasando por Giotto, Bellini, Dürer, El Bosco, Brueghel, El Greco, Rubens, Velázquez, Rembrandt, Goya, Courbet, Van Gogh, Cézanne, Bonnard, Schiele, Picasso, Beckmann, Dix, Carlos Enríquez, Francis Bacon… prolonga ese momento de la pintura en que desaparece toda significación que no pase por lo visible e impulsa, de cierta manera, una virtuosidad inexplorada de ese momento.

Quintana muestra que el pintor sigue siendo el ojo del mundo y que la pintura no ha muerto, constituye una herramienta moderna capaz de aclarar realidades extra-temporales con lo que hace su fuerza: la fijeza y el silencio, opuestos al flujo locuaz de las imágenes televisuales. La primacía de lo visible pasa por un amasijo de color y de materia, fondos que son espacios en formación, imágenes mentales, fantasías o visiones oníricas (Quintana sabe que sólo disponemos de la realidad de nuestros sueños en las imágenes), caos de donde emergen figuras flotantes cuya memoria guarda la pintura.

Carlos Quintana es un amante furibundo de la pintura en el sentido más físico y visual, la pintura como signo, pero de un universo distinto al de los signos significantes, como puro acto de presencia en el cual parecemos oír el lacónico Ven y mira de San Juan retomado por Winckelmann y considerado por él como el verídico programa del arte de las edades modernas. Cada obra suya nace de una batalla larga, furiosa por encontrar una réplica a esta riqueza aplastante que es la vida, dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, sondear el mundo de manera sensible y crear otro provisto de una sustancia distinta, un mundo sin límites que refuta aquel donde la lógica reduce cada cosa a la ordenación.

Su pintura es compleja, múltiple y precisa una mirada aguda, reflexiva, para verla, verla bien, verla plenamente. Va más allá del realismo en el sentido de despertar lo real de antes de la realidad, la cual desaparece a favor de la sobrenaturaleza. Así, su pintura pertenece al orden de la revelación de una esencia y de su contemplación cuyo eco y resonancia nos alcanzan.

La pintura de Quintana es figurativa o realista por lo visible, el ojo reconoce cuerpos, cabezas (de hombres, mujeres, niños, animales), flores, árboles, casas, objetos… pero es asimismo abstracta, es en sí una abstracción por la codificación de sus lenguajes y de sus medios (¿hay acaso algo más abstracto que la figura?), por esta manera suya de deshuesar los elementos de la pintura. Siempre el ímpetu físico de Quintana hace las veces de principio de composición, sus telas son explosiones de colores y superposiciones de figuras que se encadenan y barren la superficie entera ya sea al derecho o al revés. Progresivamente, los equilibrios se estabilizan y la estructura de una composición va emergiendo. Dicha estructura puede llegar a ser el espacio de paisajes, seres, plantas. Relaciones, vínculos, asociaciones se establecen entre ellos y empieza un relato que Quintana deja impreciso la mayor parte del tiempo y cuya interpretación es dejada a la imaginación del espectador. Carlos Quintana es un artista teatral, un dramaturgo cuyas obras son inseparables de una puesta en escena. Cuando el telón se levanta no vemos sujetos, sino que asistimos a escenas, escenas de amor, de erotismo, de violencia, de espera, de espiritualidad. Una sensación intensa se desprende de cada una de ellas, acrecentada por la soltura, la destreza, la energía de un pintor sometido a la realidad interior y cuya conciencia es su ojo.

La lucidez rabiosa con la que Carlos Quintana crea una pintura tan extraña, desconcertante, enigmática, inquietante, como sensual, orgánica, poética, mística, suscita tanto deleite como turbación, o interrogaciones fascinantes. No hay que temer estas salpicaduras de óleo, acrílico, aguarrás, cerveza, vino, saliva… ni estas calaveras que pueblan sus paisajes a fin de oponer al esplendor del mundo la liviandad, la vanidad, la miseria de este breve combate de importuna guerra que es nuestra existencia; esta pintura es un bastión de humanidad, de generosidad, de amor, de humor, de valentía. Una religión encarnada. Una conciencia ensanchada del mundo.

Todo esto para decir que Carlos Quintana es un artista importante, total, sin concesión, a la vez muy enraizado en la pintura, entregado a ella y tratándola sin ningún prejuicio. Forma parte de la categoría de los independientes irreductibles, de los francotiradores inclasificables que no aprendieron la pintura en escuelas de bellas artes o en academias sino casi por azar, sin idea preconcebida, y que no pueden admitir estar afiliados a ningún movimiento ni obedecer a ningún programa, ningún dogma, ninguna verdad preestablecida. Quintana experimenta, busca, tantea, ausculta, observa a la par que aprende a mirar la pintura haciéndola. Cree, como Kant en su tercera Crítica, que la cuestión mayor del arte no es la belleza, sino el pensamiento, el conocimiento, sabe que la gran pintura tiene la virtud de liberarnos de nuestros automatismos mentales. Su obra se asemeja a una experimentación siempre renovada, poderosa, acerada, verídica, que parece interrogar la pintura, inventarla, recobrar los instantes de su propia fundación. Perturba al espectador hasta alcanzar su existencia y le hace ver y sentir otros mundos que esquivan el lenguaje y atestiguan ante todo una especie de poder de expresión mudo pues lo que cuenta es su posibilidad de expansión fuera de las palabras. Así, opone signos al vacío amenazante, confiere una presencia a lo espiritual, metamorfosea lo sagrado en estética y revela la eclosión de un universo entregado a la energía original. ¡Vengan y miren!

 

François Vallée