Literatura viva de Carlos Quintana

 

S O L   D E   L L U V I A

Después del agua, el sol entreabre un ojo
y se queda mirando el paisaje:
el sol está borracho
tendido en medio de la calle.

El perro que pasa le lame la cara;
el policía lo arrastra en vano,
y las gallinas, escarbando
sobre la tierra rural, lo llenan de fango.

Se pone en pie por fin
y sacudiéndose sin prisa,
ante la expectación de los chiquillos
dobla la esquina.

 

“Entonces yo miré unos reflejos que había en el lago y sin ver las plantas me di cuenta de que me eran favorables; y subí contento aquella escalera casi blanca, de cemento armado, como un chiquilín que trepara por las vértebras de un animal prehistórico”.

 Felisberto Hernández

 

Hay que ser un buen lector o un observador literario para no perder el detallado encanto, el deletreo discursivo y fragmentado en las poderosas citas que Carlos Quintana extrae de los mejores aromas narrativos.

Si abres su perfume, léelo bien en el aire. Unge tu cara en la fragancia de la acuarela limpia, el grácil creyón a mano alzada, su vertiginoso acrílico y el lánguido oleo que enloquece o desquicia. Si desnudas su obra, si llegas a desvestir con tus ojos su interior, avanzarás por un juego de lenguajes, hasta el rigor académico que proyecta reproduciendo con su gesto físico, el carácter del genio.

Leo en Quintana: Los juguetes que los niños esperan con ardor y los adultos tiran a una caja empolvada en una esquina oscura de su galería vivencial. Colección de recuerdos, piezas únicas y neurálgicas de una Habana desecha y mágica como su obra. La experiencia detonada por esa emoción es el eje fundamental de un axioma de estructura aristotélica formal, erigida de modo informal. Una torre de infinitas letras, conceptualmente asombrosa por el coro de citas, hilada en el delirio de una madrugada tropical con gitanas propias y seres emborronados por Borges en su profundo coqueteo a tientas. Este artista cubano, cosecha del 66, es uno de los últimos grandes pintores y narradores, habitante de una misteriosa casona cubana que viaja a la deriva del Río Almendares.

Según Anaïs Nin: (…) la sexualidad con un escritor es memorable, mas, el erotismo de un pintor es intelectualmente palpable.

Bajo las patas de sus caballos no hay mentira que ocultar, en los ojos de sus criaturas sobreviven el dilatado placer y la libidinosa altivez, de mujeres como Anna Karenina que llegan a la eternidad arrastradas por sus trenes de amantes, las líneas de sus personajes femeninos se novelan con pericia en cada uno de los tomos de sus cuadros más ardientes.

Detrás de unas manos y un goteante, humedecido sexo-ojo centinela habita la peligrosa destreza de atrapar con gracia toda una historia novelada por el coleccionista. Juguetea con el pálpito en movimiento, el espasmo inconcluso que él y pocos como él pueden trazar de un giro, como quien pone punto final a los dramas, dando comienzo al siguiente capítulo.

Como Simone Martini él visita los escenarios oscuros controlando la intensa emoción, aquella que despertaba el arte gótico tardío. De su oscuridad resurge un refulgente rosa como carcajada en la dramaturgia del magnífico Charles Bukowski, quien dijo una vez, asomado al panorama de su locura, aquella que vertía como pintura fresca en su lenguaje:

“Algunas personas nunca enloquecen. Tendrán unas vidas realmente horribles”

En los cuadros de Carlos palpita la biografía de un héroe, manchas memorables, islas rodeadas de texturas, estribillos y cánticos espirituales lo acompañan. Su carácter poético triunfa sobre el color, en esa eternidad que él subraya en la línea fundamental del trazo como guía de su destino, allí Quintana va definiendo el párrafo discursivo siempre al centro del verso.

El verbo pictórico evidencia la apoteosis similar en su afiliación a los escritores malditos. Sobresale su épica, experiencia tatuada con sangre y cuchilla sobre tela; y es el caos el elemento movilizador que retoza sin miedo al espacio en blanco. El equilibro de esa movilización se sostiene en algo que los poetas románticos decidieron llamar: La supervivencia de la eternidad. Síntesis con la que se interna un autor en su infinitud desprejuiciada, usando el color como elemento que dilata o deslíe la idea, persiguiendo así lacónicas zonas de transparencia desde la más dolorosa oscuridad del poeta hasta la lírica solución que te hace amar para siempre una obra balanceada y armónica. Las obras memorables de Quintana dejan la impresión de un buen libro al que volver siempre para recordar simplemente el final o la gran frase que no se olvida.

La narrativa de Carlos no se arraiga a la lógica tradicional, viene hablando desde patrones no tradicionales: el grito, la interrogación, el quejido y el placer como expresión descomunal, siendo todo ello, una balada con acordes técnicamente intachables, basamentos asentados en la academia que él pasea relajado, agudo y risueño grabando con su “otra ortografía” escrita sobre la tela, la moraleja que lo arrastró a su idea original. Si estás atento a su letra comprenderás los entresijos de la historia que el artista te ha decidido ofrendar.

Presente pasado, estímulo y legitimidad asoman en su lectura. Él trasvierte su vida en el escenario de los personajes. No hay que ser crítico para adivinar la estirpe de los Maestros cubanos en las entrañas de sus peripecias repletas de citas literarias traducidas siempre al lenguaje cotidiano del pintor, ese que ya asomaba en su exposición “El Nuevo Clásico”, de 1991. Ahora solo queda leerlo, citarlo, aprenderlo de memoria.

 

Wendy Guerra