Mordisqueando la oreja del buda

 

                                                                                                                   Para C.Q.

No puedo ayudarte, mi hermano. Yo tampoco lo sé. Aunque supongo que debe estar en algún sitio. Quizás ahí mismo. Frente a ti. Pegada a tus narices. Rozándote. Riéndose burlonamente de tus visiones, de tus alucinaciones, de tus ojos desorbitados, demasiado abiertos. (¿Qué quieres ver? ¿Quieres ver realmente?) Entonces debiera estar ahí, divirtiéndose con tu ceguera, con tu curiosidad, con tu impaciencia. Asumiendo de golpe todas las posturas, todos los gestos. Haciéndote todas las muecas. Sacando frente a ti su grosera e invisible lengua y agitándola con desparpajo, con lascivia. Relamiéndose con lentitud. Provocándote. Entreabriendo sus piernas para ridiculizar tu vigor. Para humillarte. Sabiendo que siempre estará protegida. Que ninguno de tus dedos manchados podrá tantear su desnudez.

Quién sabe si ahora mismo se ha colocado a tus espaldas. Y recorre vértebra a vértebra todo tu espinazo. Como un niño aburrido que arrastra un palito sobre una hilera de oxidados barrotes. Haciendo música con cada uno de tus huesos. Da lo mismo que sientas la frialdad o el calor del estremecimiento. Que te engarrotes como una rama seca o vibres como una campana. Nada importa tu exaltación o tu apatía. Tu fragilidad o tu fuerza. (“Ser demasiado fuerte es empezar a decaer”). Tampoco debe importar para nada tu miedo o tu valor. Ni la lentitud o rapidez con que mueves tus miembros. Después de todo no eres tú el que camina. Eres siempre un poco de tierra por donde caminar, un lugar de excursión, de paseo. Por eso quieres convertirte en una especie de atajo ¿no es cierto? En una vía rápida, de emergencia. En un sendero vertiginoso. Pero ¿quién garantiza que no se trata de otro callejón sin salida, de otra terrible encrucijada?

A lo mejor eso que buscas está pegado a ti como tu propia sombra. Y ya sabes que esa sombra siempre es parte de ti, de tu cuerpo. La carne sagrada de tu oscuridad y no una mancha oscura que no te pertenece. Esa sombra desatendida, postergada, de la que a veces desconfías, pero que respetas y temes. La que te apresuras a llenar de colores como si se tratara de la sombra del cielo, de las nubes, de un manojo de flores. Tu sombra que te persigue a todos lados como ese perro celoso y demasiado fiel. La sombra que reproduce con obediencia tu cuerpo que a veces crees iluminado.

Pero no es algo que esté oculto. Es demasiado grande para permanecer oculto. ¿Quién iba a perder su tiempo en ocultarlo? No es algo que pueda esconderse detrás de una cortina. O cubrirse con una gran sábana blanca. Ni disimular tras un biombo. No es algo que pueda vivir encerrado dentro de una casa sin puertas. Ni agazapado en la complejidad de unos símbolos que un hombre sabio vendrá más tarde a descifrar. No es un monstruo que haya que mantener apartado de la vista de todos. Ni metido en el fondo de una vasija. Ninguna tapa puede servir de sombrero a una masa sin cuerpo, sin cabeza.

Pero es casi seguro que no está en lo que ves. Ni en lo que oyes. Ni siquiera en lo que sientes o piensas o intuyes. Aunque a veces pareciera que sí. Sobre todo en ese instante en que alguien mueve por ti tus propias manos, tu lápiz, tu pincel, y sólo tienes que dejarte llevar, como si fueras la descoyuntada marioneta de una fuerza mayor. Cuando tu cuerpo se convierte en un montón de ropa prestada. En un disfraz. Y alguien baila dentro de ti ese baile que no es tuyo. ¿Cómo vas a decir que eres tú?

Tampoco tiene ningún sentido ponerse a averiguar su paradero ¿Quién podría decírtelo? ¿Un monje, un santo, un maestro, un sacerdote? A veces es más prudente quedarse sordo, Carlos. O cuando menos hacerse el sordo. Ninguno de ellos ha podido comerse su propia lengua. (“¿Dónde puedo encontrar a un hombre que haya olvidado las palabras? Con ese me gustaría hablar”). Así que su respuesta va a ser siempre la misma: aquí está. Pero ya sabes que es mentira. Su verdadera casa no está en ninguna parte. No está. Probablemente nunca ha estado. Así de simple. Lo cual, más que un inconveniente, constituye una verdadera ventaja, un alivio. Porque de esa manera puedes dedicarte con toda tu energía a una incesante e infructuosa búsqueda. Moverte con entera felicidad, con euforia, con tristeza, con desesperación. Moverte en todas direcciones. A todo lo largo y ancho del espacio. Hay espacio de sobra. Avanzar. Retroceder. Girar. Convertirte en un incoherente torbellino. Bailar dentro del ojo del ciclón. O quedarte quieto, inmóvil e imaginar que por fin –lo que sea– ha llegado. Hacerte la ilusión de que ha venido por un instante a susurrártelo al oído. A confiártelo a ti. Sólo a ti. A comunicarte lo indecible. A explicarte lo inexplicable. Así que puedes emplear todo el tiempo que quieras. Dejar tu vela encendida hasta que casi se consuma. Porque también hay tiempo de sobra. Todo el tiempo del mundo.

Mientras tanto, todo lo que no sabes, lo que ignoras, lo que quieres saber, descifrar, interpretar, puedes mostrarlo a los demás. Dibujarlo. Pintarlo. Llenar esa ignorancia de colores. Divulgar su verdadero nombre. Decir que se llama maravilla, verdad, conocimiento, belleza, placer, magia, lo que se te ocurra. Revelar todos sus secretos. ¿Qué secretos puede tener lo desconocido? Los que están allá afuera van a reclamar su ración. Y estarán satisfechos con recibir cualquier migaja. Reparte. Sé generoso. Deja que se vacíe el saco. No va a agotarse nunca esa riqueza. Puedes exhibir con orgullo el resultado de tus búsquedas. Tus pasmosos hallazgos. Levantarlos como victoriosos trofeos. Colocarlos sobre tu cabeza como un penacho de plumas rojas. Como la corona de un rey. Como un montón de flores bulliciosas. Deslumbrar. Fascinar. Decir que está aquí, que lo tienes, que ahora sí. Seducir, es decir, engañar. Prometer lo imposible. Sabiendo que no podrás cumplirlo. O por el contrario, puedes destruirlo todo. Quemarlo. Soplarnos la ceniza en la cara. Quedarte solo. Decir que tú tampoco estás. Que estás ciego. Que la luz te cegó. Y seguir luego por ahí tarareando tu extraña melodía mientras entras y sales tambaleándote de la total oscuridad.

 

Orlando Hernández